El espejismo del verano: cuando la fiesta olvida el consentimiento

El verano y las vacaciones se venden siempre bajo el mismo mantra: desconectar, romper con la rutina y buscar la libertad. Llegan las fiestas patronales, los festivales de música al aire libre y las noches que se alargan hasta el amanecer. Es el territorio de la diversión colectiva. Sin embargo, para la mitad de la población, este escenario de supuesta libertad esconde un reverso oscuro. Bajo el ruido de los altavoces y el ambiente de celebración, la violencia de género y las agresiones sexuales no se toman vacaciones; al contrario, encuentran en la masificación el camuflaje perfecto.

Existe una preocupante tendencia social a considerar que las fiestas son zonas de impunidad. El ambiente relajado, la aglomeración de los conciertos o las verbenas populares a menudo se utilizan como una pantalla de humo para normalizar conductas que en cualquier otro contexto serían intolerables. El «roce» no deseado en la multitud, los comentarios degradantes o el insistir ante una negativa clara se despachan con demasiada frecuencia bajo el destructivo «es que estamos de fiesta».

Aquí es donde el concepto de consentimiento debe ponerse en el centro del escenario, y no precisamente como un elemento decorativo. El consentimiento en vacaciones no cambia de reglas: sigue siendo afirmativo, reversible, entusiasta y, sobre todo, libre. Estar en un entorno festivo, haber consumido alcohol o vestir de determinada manera no es una carta en blanco. El alcohol y las drogas, tantas veces utilizados como atenuantes sociales en el imaginario colectivo «iba bebido», «no sabía lo que hacía» jamás son la causa de la agresión; son, en todo caso, los desinhibidores del agresor y las herramientas para vulnerar la capacidad de respuesta de la víctima.

Afortunadamente, algo está cambiando en el paisaje urbano y festivalero. La presencia cada vez más habitual de los llamados «Puntos Violeta» en grandes eventos y fiestas patronales es una victoria de la concienciación. Ya no son solo espacios de atención a víctimas; son faros que recuerdan a todo el mundo que ese espacio debe ser seguro. Su mera existencia lanza un mensaje claro a los agresores: no estáis respaldados por el anonimato de la masa.

Sin embargo, la responsabilidad no puede recaer únicamente en los puntos de información ni en el cuidado que las mujeres ejerzan entre ellas. El verdadero cambio estructural en el ocio estival llegará cuando el entorno —los amigos que presencian el acoso, los testigos en la barra de un bar, la comunidad que celebra la fiesta— decida romper el silencio cómplice. Señalar al acosador, afear el «chiste» machista o intervenir cuando se detecta una situación de vulnerabilidad es el único camino para que las fiestas sean, de verdad, de todos y para todas.

No podemos permitir que el verano sea un espejismo de libertad que se paga a costa de la seguridad de las mujeres. La diversión que necesita del miedo, de la invasión o del silencio del otro no es fiesta; es violencia. Que las luces de la verbena no nos cieguen: el respeto y el consentimiento no se quedan en casa cuando hacemos las maletas.

Si estás sufriendo una situación de violencia de género o presencias una: tienes a tu disposición el 016 (teléfono gratuito, confidencial y que no deja rastro en la factura), el canal de WhatsApp en el 600 000 016 y la aplicación móvil AlertCops, que envía una señal de alerta geolocalizada a las Fuerzas de Seguridad. En emergencias, llama siempre al 112.

Mayte Serrano
Integrante de la Ejecutiva Nacional de OSTA

Share This