La música siempre ha sido un espejo de la sociedad. A través de sus letras, podemos entender cómo se pensaba, cómo se amaba y, también, cómo se discriminaba. Durante décadas, era normal escuchar boleros, rancheras o baladas donde la mujer aparecía como objeto de deseo, propiedad del hombre o simple acompañante de su historia. Nadie lo cuestionaba: era parte del contexto.
Hoy nos gusta pensar que hemos avanzado. Y, en muchos sentidos, es cierto. La lucha feminista ha conseguido visibilizar el machismo en todos los espacios, incluido el cultural. Sin embargo, basta encender la radio o abrir una playlist de éxitos para comprobar que los mensajes sexistas no han desaparecido: solo cambiaron de ritmo.
El reguetón y otros géneros urbanos, por ejemplo, se han convertido en terreno fértil para la cosificación. Letras de artistas como Maluma, con canciones como “Cuatro Babys”, o incluso clásicos del género como Daddy Yankee o Don Omar, siguen presentando a la mujer como un objeto que se compra, se controla o se descarta. Lo más preocupante es que esas canciones no solo circulan: se convierten en himnos que millones de personas corean sin detenerse a pensar en lo que están diciendo.
Y aquí surge la contradicción: muchas mujeres también cantan letras con la misma lógica. Karol G o Natti Natasha, en varios de sus temas, reproducen la idea de que el valor de una mujer está en su cuerpo o en su capacidad de seducción. No se trata de juzgar a los artistas individualmente, sino de evidenciar un sistema musical que recompensa lo que “vende”, aunque normalice la desigualdad.
¿Quiere decir esto que toda la música actual es sexista? En absoluto. Existen voces que apuestan por otro camino. Rozalén, Mon Laferte, Rigoberta Bandini o incluso Residente han creado canciones que invitan a pensar en la libertad, la igualdad y la dignidad. Ellos y ellas demuestran que la música puede ser pegadiza y a la vez crítica, sin necesidad de repetir estereotipos dañinos.
El punto central es este: la música no es inocente. Lo que bailamos, lo que tarareamos, lo que normalizamos en una discoteca o en el coche, moldea la forma en que vemos las relaciones y el papel de cada género en la sociedad.
Por eso, escuchar con mirada crítica es un acto político. No se trata de dejar de bailar, sino de preguntarnos qué mensajes estamos aplaudiendo al hacerlo. Porque, mientras seguimos cantando letras que reducen a la mujer a un objeto, la igualdad seguirá siendo una meta y no una realidad.