En un mundo que parece avanzar peligrosamente hacia nuevas formas de confrontación, resulta imprescindible repensar quiénes construyen la paz y desde qué enfoques se hace. Durante demasiado tiempo, las mujeres han sido retratadas únicamente como víctimas de los conflictos armados, invisibilizando su papel como agentes activos, mediadoras y constructoras de alternativas reales frente a la violencia. Hoy, esa narrativa ya no se sostiene.
El Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme no es solo una fecha simbólica: es un recordatorio urgente de que la paz no puede edificarse sin la participación plena y efectiva de las mujeres. Desde el histórico Congreso de La Haya de 1915 hasta los movimientos contemporáneos contra la militarización, las mujeres han demostrado una capacidad constante para tejer redes, reconstruir comunidades devastadas y presionar por soluciones basadas en el diálogo y la justicia social.
Frente a un contexto global marcado por el rearme y la amenaza latente del uso de armamento nuclear, emerge con fuerza la necesidad de un enfoque feminista de la seguridad. Este no se limita a incorporar mujeres en estructuras ya existentes, sino que propone transformar radicalmente las lógicas que sostienen la violencia: desmilitarizar las relaciones internacionales, cuestionar el poder basado en la dominación y situar el cuidado de la vida en el centro de la política.
Hablar de “paz desmilitarizada” implica ir más allá de la mera ausencia de guerra. Significa desmontar las estructuras patriarcales que perpetúan los conflictos y reconocer que el militarismo no es un proyecto de protección, sino, con demasiada frecuencia, un proyecto de destrucción. Apostar por la paz exige valentía política para priorizar la justicia, la equidad y la sostenibilidad de la vida frente a los intereses armamentísticos.
No puede ignorarse tampoco el uso sistemático de la violencia sexual como arma de guerra, una estrategia cruel destinada a destruir comunidades desde dentro. Este hecho obliga a incorporar una perspectiva de género en los procesos de justicia transicional y en las políticas de seguridad internacional, no como un añadido, sino como un eje central.
A pesar de los avances, las mujeres siguen enfrentando enormes barreras para ejercer plenamente sus derechos, especialmente en contextos de conflicto, donde sus voces son silenciadas y sus cuerpos convertidos en territorios de violencia. Sin embargo, incluso en esas circunstancias, continúan organizándose, resistiendo y liderando procesos de paz.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita escuchar esas voces. Porque si bien es cierto que las guerras han sido históricamente impulsadas por estructuras de poder dominadas por hombres, también lo es que la paz duradera solo será posible cuando se integren todas las miradas, experiencias y capacidades.
Ante la amenaza de una nueva escalada bélica, no basta con la preocupación: es necesaria una acción decidida. Reconocer, apoyar y amplificar el papel de las mujeres en la construcción de la paz no es un gesto simbólico, sino una condición indispensable para un futuro sin violencia. La historia ya lo ha demostrado; la pregunta es si estamos dispuestos a aprender de ella.
